diumenge, 10 de març del 2013

¿Son discriminadas las personas ateas en la sociedad española actual?


¿Son discriminadas las personas ateas en la sociedad española actual?
(presentada el día 9 de marzo de 2013 en la Asamblea de la UAL) 

          La sociedad democrática moderna está basada en dos principios fundamentales: el de igualdad y el de libertad. De su ejercicio y combinación dependerá la posibilidad de alcanzar una organización social justa que respete la pluralidad y diversidad humanas. Estos principios en España formalmente parecen consolidados y nadie se atreve a negarlos. Sin embargo, a diario vemos que en la práctica  no es así.

          Existen muchísimas desigualdades. Tal vez las económicas y sociales son las más visibles y no sólo son evidentes, sino que van en aumento: los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.

          Pero en el ámbito de la conciencia las desigualdades no son tan visibles. Además, con frecuencia actúan mecanismos ocultadores o justificadores que las enmascara. Desde la ilustración ha quedado clara la distinción entre lo público y lo privado. A la esfera de lo público pertenece todo aquello que es común a todos los ciudadanos: las leyes que han de garantizar los mismos derechos y las mismas libertades a toda la ciudadanía. Al ámbito de lo privado pertenecen las creencias, las ideologías, los proyectos de vida personales.

          Pues bien, se produce aquí una perversa inversión de la relación de lo público y lo privado provocada por el poder de la religión: tu puedes pensar y creer lo que quieras, puedes abjurar de Dios, de los dogmas de todas las religiones, de sus normas y moral, pero que no se note, hazlo en privado, sin molestar. En público, como si todos fuéramos creyentes, por supuesto, de la única religión verdadera: calendario laboral, fiestas, simbología, ocupación de la calle, regulación de la vida, ritos civiles y, lo que es más grave, la legislación están establecidos en nuestro país siguiendo las consignas del credo católico.

          De tal modo, que si estás en edad escolar, te pondrán en la tesitura, a ti o a tu familia, de decidir si quieres acudir a clase de religión o no. Si optas por el no, no te dejarán tranquilo, te obligarán a ocupar tu tiempo en lo que ellos han decidido. En cualquier caso, desde bien joven, experimentarás cómo las personas son segregadas en un espacio público por sus creencias y podrás constatar cómo se convierte en asignatura fundamental una materia cuyos contenidos no reúnen los requisitos de cientificidad y universalidad que ha de tener toda materia escolar. Si eres contribuyente verás cómo una buena parte de tus impuestos irán destinados a financiar la estructura, el personal, el funcionamiento y el proselitismo de un credo determinado. Si eres mujer, todavía lo tienes peor  porque los jerarcas religiosos, desde una posición que a ti te esta vedada porque te consideran indigna, intentan  que  no seas tú quien decida sobre tu cuerpo, sobre si quieres tomar una píldora, si quieres seguir a delante con tu embarazo. Incluso quieren decidir a qué te has de dedicar o a qué puedes aspirar. Si eres homosexual, te oirás de todo y constatarás que, invocando no sé qué ley natural y divina, quieren negarte derechos que pretenden exclusivos de las personas heterosexuales. Y los más moderados de entre ellos querrán “curarte”.

          Seas mujer o varón, tengas la edad que tengas, creas en lo que creas, sus ficciones te perseguirán toda la vida y, lo que es peor, condicionarán también tu muerte.  Porque además de negarte el dominio sobre tu vida, sus leyes te niegan el derecho a abandonarla cómo y cuando tú quieras. Y si eres persona enferma o discapacitada también perseguirán a quienes accedan a ayudarte a cumplir tu deseo de abandonar la vida serenamente y sin sufrimientos.

          Sus creencias, que son privadas, tan privadas que muchas son incompatibles con la lógica racional, han sido desde hace siglos presentadas como lo público y que responden a” lo que Dios manda”, a lo “natural”, a lo que necesariamente ha de ser así y nunca podrá ser de otra manera y, por tanto, a lo que todo el mundo, obligatoriamente, ha de ajustarse. Quienes no se ajustan, como los ateos,  han sido presentados como antinaturales, inmorales, libertinos, incluso como no humanos.

           En estos momentos, el ateo, si, ha conseguido poder afirmarse como tal sin, de momento, acabar en la hoguera. Pero está muy lejos todavía de su ideal de ser una persona autónoma intelectual y moralmente que pueda vivir en una sociedad en la que el estado garantice el respeto a los mismos derechos y libertades para todas las personas, por más diferencias que pueda haber entre ellas. Es decir, que el estado sea rigurosamente neutral en cuestiones ideológicas y de creencias, escrupulosamente separado de toda confesión religiosa, sin conceder privilegios a ninguna de ellas, absolutamente laico.       
         
          ¿Y qué siente la persona atea? Puede que, a veces, se vea invadida por la conmiseración hacia las que son creyentes. Le cuesta entender que haya personas que decidan ser absolutamente dependientes de un credo, que acepten que les dicten lo que deben pensar y cómo deben actuar, que renuncien al apasionante reto de la vida humana autónoma, en libertad, que se nieguen a sí mismas la capacidad de discernir lo verdadero de lo falso, lo verosímil de lo estrafalario. Pero la conmiseración enseguida se transmuta en indignación al comprobar que no la dejan vivir tranquila, que las mismas personas cuyas absurdas creencias en algún momento la han conmovido, invaden su espacio vital, se inmiscuyen en asuntos que le afectan directamente, quieren que los criterios morales de su religión se conviertan en leyes para todos, que lo que ellas consideran pecado se convierta en delito, que toda la sociedad se ajuste a sus dogmas particulares. La indignación a su vez se torna estupefacción al comprobar cómo los dirigentes de esa iglesia que acumulan toda clase de prerrogativas y privilegios, afirman públicamente que son víctimas de una persecución, que el ateísmo y el laicismo les impiden ejercer su libertad de culto y de opinión. ¿Es o no es para matarlos?

                                               
                                                                   Rafael Cuesta (miembro de AVALL)

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